
Era el único torneo donde no había participado directamente de la gloria, así que Messi eligió esta vez Mónaco para engordar su leyenda. Un gol más una asistencia finiquitaron al Oporto en una Supercopa normalita, donde el Barça sufrió algunos bloqueos y precisó una vez más de su estrella, que no es que sea el mejor del mundo, sino bastante más. Su rendimiento se multiplica en las finales, justo cuando más se necesitan los golpes de genio. El regate a Helton en el 1-0 y el pase a Fábregas para la sentencia ya quedarán por siempre en la memoria. Si no es el Dios del fútbol, es su vicario entre nosotros.
A sus designios se encomendó el Barça, incómodo toda la noche sobre el irregular tapete del Luis II. Vítor Pereira, discípulo de Villas Boas, había avisado en la víspera de las intenciones de su 4-3-3. Dejó en el banco a Varela para formar arriba con Cristian Rodríguez, Hulk por la derecha y Kléber en el vacío dejado por Falcao. Alejó la defensa a 40 metros de su portería, sincronizó la presión y durante media hora redujo a la mínima expresión el esplendor azulgrana. Debe de ser el verano, pero a este equipo le cuesta desperazarse.
El paisaje recordaba demasiado al de los dos últimos clásicos, con muchísimas dudas en la salida de la pelota. Los errores de Abidal en la entrega, la zancada de Hulk y una volea de Moutinho fueron los primeros avisos. A los 35 minutos el célebre Tito Vilanova anotaba en la libreta cinco fueras de juego y ni un solo lanzamiento a portería. Helton apenas se había inquietado con Pedro, que prefirió una vaselina improbable a un control seguro.
Simplemente, el regate
Únicamente avanzaba el Barça por el carril derecho del canario, castigo permanente de Fucile, un interior reconvertido en lateral. Por dentro apenas la encontró Messi, desabastecido hasta en el minuto 25. Entonces, la diagonal sublime ante Otamendi y Souza no pudo culminarla Villa por un palmo. Justo después se salió a la banda para cambiarse las botas, porque como el Barça, Leo tenía una piedrecita en la suela. El trabajo táctico de Pereira recordaba la pizarra de Mourinho.
Se daban unas premisas casi calcadas y la resolución resultó idéntica, gracias a Leo, deliciosa fantasía al servicio de los títulos. Aprovechó una mala cesión de Guarín para liquidar a Helton con un quiebro de bailarín al que sólo le faltó el tutú. En el palco saltaron su padre Jorge y su hermano Rodrigo y al otro lado, algunos vándalos prendieron unas bengalas. Y eso que aún no lo habían visto todo.
Dos avisos antes de la sentencia
Aún debía dar algún respingo la hinchada culé, de asombro o de susto. Su equipo tomó las riendas y el porcentaje de posesión empezó a rondar el 70%. Un desesperante rato para 'O Dragao', que no por nada se había apuntado sus últimos seis títulos en liza. Con futbolistas como Moutinho, Guarín o Hulk se puede sobrevivir en los ambientes más hostiles. Y la gesta, o al menos el empate, quedó a unos centímetros nada más.
A esa precisión recurrió Valdés para despejar un tirazo de Guarín junto al poste. Cuando falló el portero en un malentendido de salida junto a Mascherano, fue Abidal quien rectificó de urgencia. Corría por entonces el minuto 72 y ya rondaban por allí Fábregas o Alexis Sánchez. Incluso Guardiola quiso corregir atrás dando paso a Busquets como central para desplazar a Abidal a la izquierda.
Se sacudió los tempores el Barça y quiso decidir al contragolpe, porque tampoco anda ahora para mayores festivales. Privados de la profundidad de Alves por la derecha, Iniesta o Xavi insistieron con Messi, beneficiado ya por el cansancio portugués. Rolando debió pararle de mala manera en un contragolpe y eso le costó la segunda amarilla. Dos minutos después surgió de nuevo Leo y su toque por elevación fue definido con solemnemente por Fábregas. Control con el pecho y toque de primeras. Una obra de arte como punto final. O punto y seguido, quién sabe, porque para este equipazo no parecen regir las leyes del tiempo.