jueves, 10 de junio de 2010
Publicado por yelapa @ 16:10  | Noticias
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Si Nelson Mandela no hubiera derrotado al apartheid, Sudáfrica no habría obtenido el campeonato mundial de futbol. Fue su victoria sobre el sistema de segregación racial, impuesto por la minoría blanca a la mayoría negra, la que transformó al país y le permitió volver con dignidad al seno de la comunidad internacional.

La alegría mostrada por el pueblo sudafricano cuando vio a Mandela salir de un encierro de 27 años de cárcel el 11 de febrero de 1990, está a punto de repetirse, con la apertura de la fiesta futbolística en una nación sufrida, expoliada durante siglos, con niveles brutales de violencia. Mandela sabe que el deporte tiene “el poder de transformar el mundo”, cuenta John Carlin en su famoso libro vuelto película, Invictus. Si el mundial de rugby de 1995 permitió unir como una sola nación a negros y blancos en Sudáfrica, el campeonato de futbol es ahora un respiro para pueblos agobiados por crisis económicas, desempleo, desastres naturales, nuevas leyes racistas (Arizona) y violencia política y social. Es la fabulosa magia del futbol —el “gran circo” sin mucho pan, según ha dicho la escritora sudafricana Nadine Gordime. En Sudáfrica, el rugby es el circo de los afrikaners y el futbol de la mayoría negra, según Carlin.

El mundo estaba lleno de optimismo cuando Mandela volvió a la libertad, dos décadas atrás. Sometido a vejaciones y humillaciones en la mazmorra de 2.5 por 2.10 metros de la prisión de Robbe Island, el líder negro levantó victorioso el puño en alto, despejando el camino para la construcción de una nueva nación, bajo el principio democrático de un hombre, un voto. Sudáfrica se sumó así a la ola libertaria que había sacudido al planeta con la caída del Muro de Berlín y de los regímenes totalitarios de Europa del Este unos meses antes.

Un orden internacional más justo también parecía posible, paradójicamente, con el derrumbamiento del socialismo real, que decía pugnar por su realización y, en el caso de Sudáfrica, con el abandono de la lucha armada y la premisa de buscar la unidad y la reconciliación nacional, con igualdad de oportunidades para todos. “Detesto intensamente la discriminación racial y todas sus manifestaciones. La he combatido durante toda mi vida. Ahora mismo la estoy combatiendo y continuaré haciéndolo hasta el final de mis días”, dijo Mandela al juez durante el proceso de Ribonia que en 1964 lo condenó a cadena perpetua por traición a una patria que no era la suya. Su patria le había sido arrebatada.

La oportunidad de servir

Antes de la llegada de los blancos, “el país era nuestro. Ocupábamos la tierra, los bosques y los ríos. Elegíamos y operábamos nuestro propio gobierno, controlábamos nuestros ejércitos y organizábamos nuestro comercio”, contó Mandela en una nota autobiográfica escrita en prisión. “Los ancianos —recordó sobre sus días de infancia— nos contaban acerca de la liberación y de cómo lucharon nuestros ancestros en defensa de nuestro país... Yo esperaba, y juraba entonces, que entre los mayores placeres que la vida podría ofrecerme, estaba la oportunidad de servir a mi pueblo y hacer mi humilde contribución a su lucha por la libertad”.

Mandela luchó por esa oportunidad. Entendía que un sistema social basado en la discriminación racial legal y en una brutal desigualdad económica no podía ser eterno. “La continua acumulación de pequeñas ofensas, las mil indignidades y momentos olvidados, despertaron mi ira y rebeldía, y el deseo de combatir el sistema que oprimía a mi pueblo”.

Cuando los movimientos de liberación armada brotaban como hongos por África y Asia a principios de los años 60, Mandela fundó la organización “Lanza de la Nación (Umkhonto we Sizwe) para liberar Sudáfrica. Era la fiebre de la conferencia anticolonialista de Bandung, los textos de Frantz Fanon y la revolución cubana. El anacronismo político sudafricano debía morir en el basurero de la historia. Pese a otras victorias militares en África (el caso de Angola), la vía armada resultaba una opción casi imposible contra un gobierno que buscaba armas nucleares como seguro contra su eventual caída. Con el fin de la guerra fría y la rivalidad Este-Oeste, Mandela vio con claridad las nuevas circunstancias y con inteligencia y moderación desactivó la guerra civil de blancos contra negros que amenazaba destruir al país, incluso con rivalidades interétnicas (zulúes contra xhosas), pero también de blancos extremistas contra blancos moderados.

Junto al presidente sudafricano Frederik de Klerk emprendió la tarea de refundar Sudáfrica. Por sus esfuerzos y logros, ambos recibieron el Premio Nobel de la Paz en 1993.

Mandela no luchó solo. Un puñado de dirigentes del Congreso Nacional Africano (CNA), entre ellos Walter Sisulu, y miles de jóvenes militantes, protagonizaron junto a él una gesta de liberación nacional en las condiciones más adversas, pero sí fue la encarnación principal de esa lucha. Mandela se convirtió entonces en un ejemplo para el mundo.

El ex ministro de Educación francés, Jack Lang, resumió en su biografía Nelson Mandela los estadios de la vida de un héroe mítico de carne y hueso: como émulo de Antígona, defensora del derecho y la justicia; como Espartaco, promoviendo la insurrección de “los esclavos”; como Prometeo, entregando la llama de la libertad a su pueblo, como Próspero, que impide que el salvajismo destruya al país, y como el rey Nelson, el anciano venerado que saca al país de las sombras.

Luego de las elecciones en las que votó por primera vez la mayoría negra, Mandela se convirtió en el primer presidente electo democráticamente en el país. Asumió el poder como un líder de unidad y reconciliación el 10 de mayo de 1994, no obstante el calvario personal de vejaciones, humillaciones y torturas que le había infligido el régimen blanco. “Fuera de la experiencia de un desastre humano extraordinario que duró demasiado, debe nacer una sociedad de la que toda la humanidad pueda estar orgullosa”, dijo en su discurso de toma de posesión.

Dueño de un gran carisma, enorme simpatía e infinita bonhomía, Mandela promovió el perdón nacional en su país. Si bien los crímenes del apartheid no fueron castigados, la creación de una Comisión de la Verdad y la Reconciliación permitió a Sudáfrica exorcizar crímenes atroces como las matanzas de Sharpeville (1960) y Soweto (1976; la tortura y asesinato del activista Steve Biko (1977) y el asesinato del líder comunista Chris Hani (1993) y de miles de sudafricanos negros más. El arzobispo Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz 1984, también halló la fórmula de paz: “no hay futuro sin perdón”.

Los fallos del país

Pero Mandela no es más jefe de gobierno. Se alejó del mando a tiempo, pero sus herederos del CNA han sucumbido al poder que corrompe. El país sigue sumido en la brutal desigualdad: ocupa el lugar 129 de 182 en el índice de desarrollo humano de la ONU (2009).

El poeta sudafricano blanco Breyten Breytenbach identificó, en una carta a Mandela, con ocasión del cumpleaños 90 de éste, los fallos de la nueva Sudáfrica: una violencia atroz que golpea mujeres y niños, una hecatombe humana debido al sida y una corrupción rampante. (Vuelta, junio, 2010).

Mandela ayudó a forjar la victoria del equipo sudafricano de rugby en 1995. El deporte no le es ajeno, él mismo practicó el boxeo amateur y el día en que Mike Tyson le regaló los guantes con los que ganó el campeonato mundial se puso más feliz que al recibir un doctorado honoris causa. “Debemos utilizar el deporte para ayudar a la construcción nacional y promover todas las ideas que creemos que contribuirán a la paz y la estabilidad en el país”, dijo Mandela en 1992. El presidente Jacob Zuma dijo esta semana que Sudáfrica vive una alegría parecida a la del día en que Mandela recuperó la libertad, lo cual suena bien para el futbol, pero aún falta que la mayoría negra alcance mejores condiciones de vida y acabe el apartheid económico.


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