martes, 15 de marzo de 2005
Publicado por yelapa @ 1:40
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Los facultativos del Policlínico Gemelli pidieron al Papa que permaneciese en la clínica hasta hoy


Juan Pablo II regresó al Vaticano el domingo sin haber recibido el alta médica. La «pelea» con el equipo médico duraba ya algunos días y, si bien en esta ocasión sus colaboradores tenían pensado alargar más los tiempos para evitar nuevas recaídas, la férrea voluntad del Pontífice resultó incontenible el domingo. Tras el Ángelus decidió abandonar el Gemelli. Saludó a los médicos y pidió que se organizara la «excursión» de vuelta. De camino al Vaticano, cometió una nueva «imprudencia»: permaneció varios minutos con la ventanilla del coche abierta para sentirse más cerca de los fieles.


El Papa saluda a los cientes de fieles que se agolpaban a la salida del Policlínico Gemelli, el pasado domingo


Ciudad del Vaticano- Noventa horas después de superar la traqueotomía, Juan Pablo II comenzó por voluntad propia los ejercicios de «fonación». Los médicos aseguran que hacer algo semejante con las heridas aún sin cicatrizar es realmente doloroso. Pero es que el Papa no quería esperar ni un minuto para volver al trabajo. Fue la penúltima prueba de su arrojo. El domingo ofreció la última. No podía más. Llevaba varios días repitiendo que se encontraba bien y que quería regresar a la Santa Sede. El viernes se empeñó en saludar a los niños desde la habitación del hospital y cada vez resultaba más difícil retenerlo en la clínica. Ante las continuas peticiones, los médicos le rogaron que se quedara hasta el lunes o el martes. Pero el Papa, que lleva a sus espaldas once hospitalizaciones, decidió que es mejor no dejar para el martes lo que podía hacerse el domingo. Y se marchó.
Nadie pudo hacer nada para contener la «fuga», así que sus colaboradores ordenaron que parte del personal médico se desplazase hasta la Santa Sede. De hecho, el portavoz vaticano, Joaquín Navarro-Valls, no había anunciado el alta el domingo por la mañana, sino la «reentrada en el Vaticano, donde se proseguirá la convalecencia».
En su apartamento, en casa, el Papa estará bien asistido. Estará acompañado por médicos que harán guardias para no dejarlo solo ni un segundo. Además, ha sido instalado en sus aposentos un equipo para suministrar suero, un electro-ventilador, un electro-cardiógrafo y varias bombonas de oxígeno, por si se repitiesen nuevas crisis. Lo que más se teme ahora en la Santa Sede es una nueva recaída.

La Semana Santa. Quizá hoy más que nunca, el Papa es impredecible. Y de cara a la Semana Santa está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de participar activamente en las ceremonias. Médicos y colaboradores sostienen que la mejor solución sería que se limitase a presidir desde sus aposentos los actos, utilizando las nuevas tecnologías de las que tan buen uso sabe hacer el Estado Vaticano para presidir los actos. Del Domingo de Ramos hasta la Pascua, pero especialmente el día del Vía Crucis (que se celebra en el Coliseo romano), será una empresa complicada contener a Juan Pablo II. Él siempre ha querido estar cerca de los fieles en los momentos importantes, dando la cara, sin importarle demasiado los riesgos.
La actitud que ha tomado estos días el Pontífice recuerda a la «cabezonería» que hace enfadar frecuentemente a quienes se encargan de velar por su seguridad. Porque tan sólo en un par de ocasiones el Papa ha cambiado el protocolo de una ceremonia ante las advertencias de los Servicios Secretos, o las recomendaciones del Gobierno italiano. El pasado verano, cuando Al Qaeda amenazaba diariamente con «tomar Roma y volar el Vaticano», el Santo Padre se negó a adoptar ninguna de las medidas de seguridad recomendadas por la Inteligencia. Esta Semana Santa, en el papelón del
jefe de los servicios secretos italianos se encontrará su médico personal, el doctor Buzzonetti, que una vez más intentará ahorrarle una recaída al Pontífice.
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